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| Foto: Tamara Kramarenco |
Ni la cerveza te hace caso
Hoy dejé la taza de té.
Hoy dejé de ver el otoño como si no existiese el mar.
Hoy dejé de pensar en tu falsa revolución.
Hoy dejé de amar lo incomprensible.
Hoy me dejé.
María Juana
Amigas, de esas de otro lugar
de esas odiosas
de esas que pelean con el viento
de esas distintas que a veces destiñen
hasta dejar la moral moreteada.
Amigas, de esas con sueños
de esas que aman a otros.
Las que pierden la paciencia por la calma que a veces les concede la aguja y el hilo. Las que no se esconden cuando el reloj marca la hora de la nostalgia
La fiesta de las pieles
Recojo tu mirada, callejera, excitada, buscando el abismo de mi abismo.
Eres uno de mis mejores recuerdos, eres mi mejor recuerdo hecho sudor. Somos las cenizas que guardamos para seguir asombrándonos al mediodía.
Tu ardor suprime mi machismo, como esa fogata callejera que nos reúne e invita a hacernos fuerte poesía. Nos burlamos en cada rincón de la casa de las heridas nocturnas, y así encontramos el sol de medianoche que nos hace gemir los deseos de libertad.
A la contra
Disculpe, señor micrero, no es contra usted. No es contra su sueldo ni mucho menos con su familia. Es contra ellos, que se gastan los 700 pesos y la vida de todos los pasajeros en comer bien, en beber de lo mejor.
Disculpa, pero no es contra tu vagina. Es en contra de tu uniforme inverbe, somnoliento, vacío de sueños, con tanta violencia verdosa. No de esa que recorre montañas y llena de vida. Es ese verde nauseabundo, ese que se pudre.
Disculpa, no es tu cuerpo. No es tu dulzura ni tu amargura. No es tu inteligencia ni tu torpeza. Es tu poca creencia, es tu miedo a la libertad. Eres como una historia horrible de contar. Es creer ser hombre libre cuando día tras día sacas un poco de brillo a los barrotes de tu jaula.
Disculpen, es contra nadie, soy yo la que me exilio de ustedes.
Para enamorarme
Cuando quise enamorarme me apuné, corrió un fuerte y cariñoso viento en las alturas mientras el mate de coca me ayudaba a no perder la conciencia.
Tuve que caminar hacia las cuevas, subir los cerros trenzándome el pelo, imaginándome que era una mujer de pelo blanco y vestidos de colores que jamás me he puesto. Cuando quise enamorarme tuve que subir el volcán y abrazar mi propio fuego.
Cuando quise enamorarme tuve que salir a la alameda a gritarle al Estado que mis sueños y mi gente no querían más que el neoliberalismo nos robara la vida.
Cuando quise enamorarme tuve que volver a tomar mis chalecos, mis cuadernos, mi lápiz e ir a conocer a los hombres y mujeres de llanada grande.” Ahí donde el diablo perdió el poncho”. Ahí, donde los montes silenciosamente, piedra por piedra, árbol por árbol, aguardaron tanto arrebato.
Cuando quise enamorarme tuve que sumergirme en el Lago Puelo. Tuve que revisar una por una las estrellas en la Isla de Ometepe, como una clandestina guerrillera sandinista. Tuve que emborracharme con los gringos que querían entender las mismas encrucijadas de las cuales yo quería enterarme.
Cuando quise enamorarme pensé en buscarte, pero ya era tarde. Tuve que expandirme como lo hace mi útero cada mes. Tuve que encontrarme.

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