A estas alturas, no sé en qué año nací, pero
recuerdo después quién quería ser. Aprendí a leer y con eso empecé a
escribir, escribí tanto que olvidé lo que quería ser, y cuando me puse
grande me deshice de la torre de libretas y cuadernos escritos por ella,
por mí, por la fantasía de quien fui. Volví al Santiago donde nací y
rayé, rayé los baños públicos que me encontré, todas las paredes de mi
casa, y alguna pared ajena también. Escribí hasta en el último rincón de
algún techo. Hasta que me asumí, junté todas mis ideas y me reencontré
con el papel, me amigué con la computadora y armé escuálidos textos que a
veces podemos llamar poesía; y otras veces simplemente expulsión.
Que no hay pinche que sujete a mi pelo si él quiere andar suelto
No te compro ni en las promesas
ni en los cuentos
ni en la misa
mucho menos con el juez en el intermedio.
No te compro lo que sueñas
ni lo que imaginas.
No te compro las notas musicales
ni los cantos ajenos.
No te compro porque no eres mío
ni siquiera en los suspiros.
NO TE COMPRO LA LIBERTAD
PORQUE YO TAMPOCO VENDO LA MÍA.
me convertí en el impulso menos pensado,
en el orgasmo más rápido,
en el ejercicio más fácil
y me cobijé junto al dolor
sin pensar en nada.
Sólo quería una sola situación en la vida,
entregada completamente a pedir en vano
y forzarme cada vez que fuese necesario.
Me desahogué arruinándolo todo
para terminar en llantos
con el corazón vacío
con la mente sucia
con el cuerpo cansado.
Porque he nacido con el drama en la mente,
la locura en los ojos
y la felicidad en el alma,
pero siempre,
siempre se me escapa.
Véndete para que luego tengas que comprarte
Concilio espejos de plástico
siluetas removidas
mal reflejadas
austeridad perdida.
Orgullosos de mirar mal
cuando a otro no le suena bip
al pasar su tarjeta por la boca
más saqueadora de todas.
Acolchonados en modernos cités
vistos en cada cuadra
y tan altos como la codicia
del brutal que vive en la casa piloto
ese que nos da la mejor oportunidad
para ser un buen servicio
una mano de obra barata
un producto en vitrina.
Deseosos de un viernes cualquiera
a la espera de un término de jornada
dichosos de un fin de semana
en el mall
en el bar
el supermercado
o la cafetería.
210
De Puente Alto venía
cuando por las cosas de la vida
llegó a vivir al centro.
Se fumó unos porritos
que le compró a la Rosita
se fue a tomar unas chelas a Bellavista
y terminó vacilando
unas cuecas
en el Galpón Víctor Jara.
Cuando ya era verano
estaba tomándose un
melón
con
vino
en el parque O’Higgins.
Vendió unas ropitas en el Forestal
y se queó mirando
el espectáculo de los malabaristas
cuando sacó el paragua
para compartir.
Pa variar llegaron los pacos.
Libró corriendo sicociao.
Entre caminata terminó en el Bar de René.
Escuchando rock salió como robot.
Lo llevó la bicicleta de un compa.
Durmió en una placita
con un perro amigo.
Ya era otro día
cuando
llamó a los amigazos
que estaban tomando
unos tintitos en el
bandejón central.
Cuando se acabó la última caja
decidió
con
vehemencia
tomarse la 210 pa la casa.
Se adentró en la cromi.
Un viejo
le empezó a contar
que la verdadera culpa
la tenían los milicos
mientras otra mina lloraba
por el pololo que se le fue.
En eso apareció un cabro
que también quería opinar
y compartió unas latas de Báltica.
Se bajó en casa.
Se comió una sopaipa
en el carrito de la esquina
mirando esa hermosa cordillera
metida
entre tanto
smog.
Tomó la micro de güelta
pa llegar a la Plaza Yungay.
Mientras hacía la fila
pa comprar en Esperanza
llegaron los cabros
con quena, charango y guitarra
hasta que por ahí salió un pisco.
Después ni yo sé qué pasó.


