jueves, 5 de diciembre de 2013

Carla Trenfo (1987)

Crecí creyendo que me costaba entender la poesía. El régimen escolar católico bloqueaba mis formas favoritas de expresión, sobre todo las corporales; medianamente las mentales y las emocionales. Luego, mi paso por la universidad no fue una experiencia grandiosa. Considero a la academia un lugar frío, petulante y que apunta a enriquecer el ego intelectual, más que cualquier otra cosa. Sin embargo, tuve la oportunidad de conocer e investigar con mayor profundidad a los y las bello/as autores/as que aún acompañan mi viaje: Manuel Rojas, Vicente Huidobro, Violeta Parra, Jorge Teillier, Mario Benedetti, Alejandra Pizarnik, más otros escritores de la narrativa, los cuales me hicieron comprender que la poesía no es una cuestión lejana a la cotidianidad. Es más, considero que la experiencia, la sutileza y la terrible realidad que vivimos es la mejor herramienta para echar a rodar el lápiz, el plumón en la micro, la aguja con tinta en la piel, el spray en los muros y... ¿por qué no imaginar que las nubes allá en el cielo también nos quieren comunicar algo?


Leche de almendras 

Tengo hambre, mucha hambre
y ya sabes a cuál me refiero.
Siento el vientre vacío que me estremece
y se me insinúa la verdad rompiendo la mordaza
lejos de adornos; en el vientre no habita la cursilería. 

Queremos gritar desnudas
con la sangre corriendo entre las piernas
anunciando la caída de todos los patriarcas
esos NO hijos de putas, porque las putas no tienen la culpa que exista una herencia de seres humanos con la cabeza llena de inertes utopías. 

Tengo hambre, mucha hambre y ahora sed.
No somos ni seremos jamás las barbies del neoliberalismo ni de la caja idiota.
Queremos cantar fuerte, con suavidad, rabia o dulzura.
Queremos bailar nuestro ritmo y ahuyentar la miseria tomando cualquier ruta que nos aleje del cemento que sólo nos promete infiernos del nuevo milenio.
Y así nos despedimos para poder sumergirnos libremente una noche de luna llena en las aguas que habitan los bosques cordilleranos. 


$hile 

Morenitos
Mapuchitas
Cholitas
Peruanitos
¿Hasta cuándo con la misma cuestioncita?
¿Acaso no se acuerdan de los años cuando no había más opción que ponerse a desalambrar?
¿Acaso las masas de estudiantes y trabajadores en plena Alameda no les hace sentido?
¡Ah!, se me olvida que el crédito nos salvará en esta ocasión.
Se me olvida que los Chicago Boys hicieron re bien la pega
por eso al carajo: 

Morenazo
Mapu-punk
Chola chora
Hermano peruano
¿Y si bailamos un buen son al ritmo del kultrún sobre el techo de sus grandes camionetas?
O si prefieren nos trenzamos el pelo, cocinamos lentejas con quinoa, en las casonas de partidos políticos corruptos con historia nazi orgullosa.
Porque les digo que ya no existe el momento de llorar. Puede ser que nuestros ojos se llenen de lágrimas en las luchas callejeras, mientras capeamos el gas de los perros verdes. 
Sólo
ahí
tal vez… 


Miedocracia 

Amigos/as:
la ciudad es implacable.
No perdono las no-llamadas,
el jodido tiempo desbordándonos.
¿Acaso de lo que me hablas no tiene que ver con todo esto? 
 
Las vitrinas con su belleza normada roban las miradas
La publicidad te excita, alimenta ese deseo que por abandono a la honestidad ya no puedes liberar; se llevan tu alma.
Junto con la promoción del nuevo perfume femenino
ya no natural, sino que sobrenatural. 

Nunca me sentí tan a gusto con la soledad soleada.
Recuerdo las piernas entrelazadas y pienso:
¿Dónde se esconden esos tiernos músculos inflamables?
¿Por qué se esconden? 

No hay futuro
compañeros, compañeras.
Si no los abrazo ahora, si no peleamos ahora, será muy tarde.
Amémonos hasta que el pecho nos guíe por nuevos senderos
para luego desconocernos, odiarnos y nuevamente amarnos.


Un pedacito de libertad 

Los botes no van a parar de bailar
Las estrellas aún acompañan nuestro andar
¿Y así quieren que dejemos de navegar?


El ataque de las gatas patagónicas

Edificios en punta de pie
La muerte baila su vals 
La humanidad compra su tumba 
sin pensar que la ciudad
está a punto de explotar.

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