jueves, 22 de enero de 2015

Gonzalo Pontigo (1992)

Cual niño dibujante de sueños, arrojé la rutina dentro de un papel arrugado y comencé a palpitar todo lo que escondía de mí mismo. Detrás de una tímida piel de gallina se esconde una infinita tristeza, esperando cenar todos los restos de una desmoronada felicidad. Sin postre ni tiempo para el olvido, aún soy presa de esa carroña.

Recorriendo mis propios laberintos en una ciudad que no da tregua al amor y nos ofrece una sonrisa entre dientes de carne y humo. Espero, espero que la suerte doble en mi esquina y el karma salga de debajo de mis pies, para despertar a ese niño dormido que jugaba a la escondida con el destino.


Narices chorreantes de alegría

Creo que habían dado las 6 am y el chillido de las muelas del Bernardo me caló como estoque. Ya hace días que nuestras venas olían a meao de perro, pero no era un obstáculo para detener la contienda. La desesperación de volver nos consumía hasta la última gota de cordura; yo ya había olvidado cuan fácil era alejarme de su jardín. Ahí estaba, con el pálpito acuchillado, reposando mi existencia abandonada en el sofá, pensando en esos jardines de primavera de la casa en la playa, ahí donde mismo me la presentaron por primera vez, entre promesas deshidratadas y billetes malolientes.

De repente, entre las entrañas del entretecho, se coló un rayo de luz seco que le iluminó toda la cara al Bernardo. Sus pupilas retrataban el vacío y su tez no era más que un disfraz para sus músculos cristalinos. Noté que de sus labios se resbalaba un verso microscópico o quizás fue el viento susurrando chucherías. “Se nos va”, fue lo que logré distinguir entre las vocales que invadían el cuarto. De pronto, me encontraba solo y me acordé de mi infancia, de un poema que reposaba en el polvo, de los mismos que ya no escribía desde que perdí mi inocencia. Hablaba del amor que pendía entre los cables del viento, de un joven retratando colores en rostros donde reinaba el grisáceo, y de encontrar a su mitad entre vidas escondidas detrás de espejos, los cuales hoy trizan sus sueños, reflejando cada vez menos su respiración entubada.

Ahora el pasado pisotea como batería, y mi foso de alquitrán me engulle con sed. Sólo me queda este diario y el lápiz que me dejaste para volver a tenerte en mí. Tendré que escribir hasta que el amanecer estreche la mano con Dios, y por cesárea nazca otro día igual al de ayer, haciendo la fila para que alguien recoja mis huesos.


Dos segundos

Tic

La aguja vuelve a pinchar. El dolor no es más que la pared de huesos que soportan mi tumba. Me duele más el olor de la vida, el karma pedante que se nos queda en el bolsillo como una hilacha malgastada. La suerte se regaló en tu esquina esperando un pasajero que la enamore. 
¿Cuál sonrisa era la que abrigaba el corazón?

Tac

Entre una mueca fondeada detrás de sus labios prejuiciosos, se le volvió a transparentar una sonrisa triste. Esas son las que más le gustan a él, justo cuando el sudor de sus dedos cortopunzantes recorren la garganta de la huesuda presa.


Ofrenda

El tiempo es animal salvaje
y la madre extiende su abrazo raíz
para anidar por última vez la tierra que la vio llorar lunas;
las estrellas se hinchan con el eco de las hienas.

¡Ponme tierra y seré mar!

Silabando en lenguas de viento y fuego
claman la conquista del tiempo.

Dentro del surco del cielo se han marcado las venas
que a tajos se rajan para inundar la memoria.

Como perro ciego les regalo la mirada,
mientras logro oírlos arpegiando en sus tumbas obesas
los hilos que bordan el final del cuento.


Sin fondo

En un día donde el futuro
se mastica entre labios morados
sólo puedo pestañear y pensar en el ayer
recorriendo entre pestillos tu voz

cual grano de arena
que se resbala torpemente del reloj.

Caigo

me hundo entre pieles saladas y me sumerjo
maldiciendo como un dios sin cielo.

Despido las estrellas entre pupilas

me entro a lo que gatilla la pistola de un suicida.

Me voy,
pero sabiendo que le he robado
un gramo al tiempo.


Origami olvidado

Esta mañana hedionda de civilización, mientras sacaba a pasear al Rex en un acto de solidaridad esclavizante, me acordé que si no escribía me iba a doler la sien de tantas ideas que están adentro, y tratando de inspirarme en los pájaros, te imaginé libre, flotando entre las cuerdas del viento.

Siempre he guardado pequeños objetos. Pilchas, porque tengo miedo de perder mis recuerdos. Sin ellos sería como un perro sin su cola. Por eso te guardo muy dentro de mis objetos, que han pasado a enhebrar mi alma, a llenar mi vida,  el recuerdo de cuando se murió la abuela o de cuando me fui lleno de sueños a recorrer el norte. Todos esos fragmentos están repartidos por doquier como un lego, en espera de que alguien los vuelva a armar. Total somos todos niños con corazones de greda que a la menor grieta se rompen; y de tanto jugar a la escondida nos hemos escondido de nosotros mismos.

Quisiera poder guardarlos sin que el tiempo me los arrebatase, como cuando el viejo ve la foto de su vieja que sigue ahí, paradita, pariendo recuerdos que lo hacen embriagarse de júbilo, perdiéndose en tiempos sin segundos; o esa canción que le recuerda a Amanda una vida llena de sueños y amor junto al Manuel.

Por eso es que quizás escribo: para no olvidarme, para no perderlos a todos ustedes, para guardarlos muy dentro y poder sentir que aún siguen vivos entre tantos recuerdos de juegos sin fin. Vivan en mí como yo vivo en ustedes, hasta que volvamos a encontrarnos chapoteando en las nubes del universo.

1 comentario:

  1. Hola compa como está la fogata poética. Ahora no leí con atención por la bateria del celu xd pero ya lo haré. Saludos

    ResponderEliminar